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Mujeres asesinas en la historia de México

Cinco casos emblemáticos que dejaron huella en la memoria social

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A raíz de la liberación de Claudia Mijangos, conocida como la “Hiena de Querétaro” resurgen historias de otras mujeres asesinas enterradas por el tiempo y la prensa, pero que perduran vigentes en la memoria de la sociedad mexicana.

Evangelina Tejera

La mujer de origen veracruzano fue la reina del Carnaval de su estado, en 1983, a sus 18 años de edad. Vivió una vida de atenciones y excesos desde los 15 años, consumiendo alcohol y drogas. Años más tarde, en el ocaso de su fama, sin dinero y adicta a varias sustancias, la mañana del 18 de marzo 1989 mató a sangre fría a sus dos hijos.

A los dos menores, Jaime de tres años de edad y Juan Miguel de dos, y los azotó contra el piso hasta matarlos. El suelo quedó manchado de sangre que ni siquiera se molestó en limpiar.

Una versión señala que metió los dos cuerpos al horno de la cocina para incinerarlos, pero al no tener la potencia suficiente, decidió cortarlos en pedazos que después enterró en macetas.

Los cuerpos permanecieron casi un mes en el departamento, a la vista de todos. En un arranque confesó todo a su hermano, quien finalmente la denunció. Fue sentenciada a 20 años de prisión.

Felícitas Sánchez Aguillón

A principios del siglo XX, esta partera de Veracruz fue detenida tras encontrar en el desagüe restos de decenas de niños. De acuerdo con las crónicas de la época en la Ciudad de México se dedicó a traficar con niños, las madres solteras se los daban y ella los vendía a parejas que no podían concebir.

Luego se mudó a la colonia Roma, desde entonces una zona elegante, donde la policía la arrestó por la venta de un bebé, pero pagó su fianza y fue liberada.  Aquí inició un nuevo negocio.

Practicaba abortos a mujeres solteras o casadas, y tiraba los cuerpos al desagüe o a la basura, e incluso contrató los servicios de un plomero para evitarse problemas. Si no encontraba quien comprara a los bebés los mataba.

Sus víctimas murieron asfixiadas, envenenadas, apuñaladas e incluso quemadas vivas.

Se sabe que muchas madres solteras le dejaban a sus hijos, cuyas edades variaban entre uno y tres años, les cobraba dinero bajo la promesa de que les conseguiría un mejor hogar. Los conservaba unos días, alimentándolos con comida descompuesta y atole, además los golpeaba.

Por el año de 1940, la policía detectó los restos de fetos, recién nacidos y niños en basureros de la colonia Roma. En abril de 1941 una llamada al diario La Prensa, puso sobre aviso a la policía: en la cerrada de Salamanca número 9, en el departamento 3, acaban de ser encontradas en un caño “unas piernitas de niños”.

La dirección correspondía a un estanquillo llamado “La Imperial propiedad Francisco Páez. Contó que se habían tapado el drenaje y al destaparlo se hizo el descubrimiento.

Aunque en un primer momento consiguió escapar, fue capturada ese mismo año y salió con una fianza de 600 pesos para luego quitarse la vida con Nembutal.

Fue conocida como “La ogresa de la colonia Roma” o La descuartizadora” por la prensa local.

Magdalena Solís: “La Gran Sacerdotisa de la Sangre”

Magdalena Solís nació en la década de 1930, junto con su hermano Eleazar Solís se unieron a la secta de los hermanos Santos y Cayetano Hernández, en 1963. Por aquel entonces el grupo se dedicaba a engañar a los pobladores de la aldea de Yerbabuena, en Tamaulipas, de que los dioses incas que supuestamente habitaban en una montaña cercana, los podían favorecer.

En la comunidad en su mayoría de analfabetas se autoproclamaron profetas y sumos sacerdotes. Les pedían adoración y tributos, y a cambio, les decían, les otorgarían tesoros escondidos en las cuevas de las montañas aledañas al poblado.

Desesperados por su precaria situación, los aldeanos entregaron todas sus pertenencias personales. El culto funcionó durante un tiempo.

Presentaron a Magdalena Solís como la reencarnación de una diosa inca, con ayuda de una cortina de humo. Ella desarrolló una grave psicosis, y se creyó todo. Era una fanática religiosa, sufría delirios y comenzó a consumir sangre.

Se dice que asesinó en sus rituales al menos a ocho personas, incluyendo dos que quisieron abandonar la secta.

De acuerdo con versiones de la época, un estudiante que presenció uno de los mortales rituales fue a denunciar a la policía, regresó al lugar acompañado de un oficial de nombre Luis Martínez, para corroborar la historia. Ninguno de los dos volvió.

El 31 de mayo de 1963 policía y los soldados de Ciudad Victoria fueron enviados a investigar el sitio, donde encontraron evidencia de los asesinatos.

Magdalena Solís y doce de sus seguidores fueron llevados a juicio y cada uno de ellos recibió una pena de prisión de treinta años.

Las Poquianchis

Las hermanas González Valenzuela, a mediados del siglo pasado, cobraron relevancia en los tabloides por la extrema crueldad en que trataban a las mujeres que trabajaban en su prostíbulo.

En San Francisco del Rincón, Guanajuato, las hermanas se hicieron famosas por su negocio y eran conocidas como Las Poquianchis.

Aunque era un lugar muy visitado, lo que no sabían los habitantes era que las mujeres eran víctimas de secuestro, forzadas a trabajar como prostitutas y aguantaban las torturas de sus carcelarias.

En 1964 cuando una de las trabajadoras se escapó y delató a las hermanas, éstas fueron detenidas por las autoridades, pero el caso no quedó ahí. En el lugar fueron encontrados restos humanos en el jardín y vestigios de que las víctimas de las hermanas habían sido sepultadas aún con vida.

Las hermanas fueron acusadas del asesinato de al menos 80 mujeres, sin embargo, se cree que el número pudo haber llegado a los 150, pues algunas mujeres desaparecieron misteriosamente y otras eran aventadas a fosas estando embarazadas.

Guadalupe Martínez: “La Temible Bejarano”

Se sabe muy poco de Guadalupe Martínez de Bejarano, estuvo casada y tuvo un hijo llamado Aurelio. Además, fue una mujer de clase media alta o alta, posición a través de la cual atraía a sus víctimas.

Su primera víctima, Casimira Juárez, fue atraída a la casa de Bejarano ofreciéndole un trabajo doméstico. Una vez que la niña se instaló en su domicilio empezaron las vejaciones y los actos de tortura, para finalmente dejarla morir de hambre.

En 1887, en la Ciudad de México fue detenida por la policía, acusada de torturar y asesinar a Casimira. Los periódicos, que dieron a conocer el caso con profusas ilustraciones, la bautizaron como “La Temible Bejarano”.

Aunque salió de la cárcel cinco años después, la mujer regresó a sus andadas, esta vez las víctimas fueron Guadalupe y Crescencia Pineda. Se dice que acostumbraba desnudarlas y después golpearlas con una cuerda mojada hasta dejarles marcas por todo el cuerpo.

Las colgaba de una cuerda en el techo y las azotaba hasta que se desmayaban. Incluso las colocó sobre un brasero ardiendo, quemando sus genitales y muslos, mientras ella observaba.

Finalmente la policía la detuvo, pero las pequeñas murieron. Un juez la condenó a diez años y ocho meses de prisión.

El hijo de la asesina Aurelio Bejarano se presentó a declarar y la señaló como la autora del crimen, y aunque ella le dijo que lo perdonaba también lo responsabilizó de los golpes contra Crescencia.

La mujer fue ingresada en la Cárcel de Belén, donde sufrió el ataque de las internas. Se aisló hasta su muerte en prisión.

 

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