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¿Quiere su selfie en el balcón de la BMV?

¿Qué historias hay detrás de la creación de la BMV? Lourdes Mendoza nos adelanta un poco de lo que podrás encontrar en el nuevo museo…

Museo BMV
Foto: Especial

Se la pueden tomar de 10 am a 5 pm, de lunes a viernes y los domingos. Si les gustan las finanzas y los temas bursátiles NO pueden dejar de visitar el Museo de la BMV. Verán cómo los recuerdos de la calle de Plateros –hoy Madero–, donde se negociaban acciones mineras, de jabón o de cervezas, rondarán como si fueran de ayer. Aprenderán que los inicios de la Bolsa se los debemos a una mujer, sí, a Filomena Mayeu, mejor conocida como la viuda de Genin, pues la trastienda de su pastelería se convirtió en un dinámico centro bursátil.

Entre los agentes de valores que llegaron a operar ahí, destacan Agustín Quintanilla, Julio Aspe o Luis Uhink. O que el 25 de enero de 1957 se inauguró el edificio de la Bolsa en la calle de Uruguay y se modificó la forma de operar.

Uno de los cambios fue escribir en papel con tres copias las operaciones de compra y venta, papeles que fueron bautizados como “muñecos” y la historia es la siguiente. El tesorero del consejo de Administración, Manuel Blanco, escuchó con asombro las instrucciones: “¿Qué? ¡Yo! ¡Llenar fichas yo! ¡Yo nunca he llenado una ficha ni lo haré, mi palabra es mi compromiso!” ¿Por qué se negaba? Porque estos nuevos procedimientos parecían implicar la canija posibilidad de que don Manuel Blanco o cualquier otro agente no hicieran honor a su palabra, algo imposible siquiera de imaginar.

“Pues a partir de hoy lo tiene que hacer”. ¿A quién se le ocurrió? “Al licenciado Manuel Caso y al licenciado Silvino Aranda”. Don Manuel no aguantó más: “Esos muñecos no sirven más que para dar lata. Pero ándenles, denme unos muñecos…” Antes de dicha mudanza, en México como en el mundo se operaba igual que en las demás bolsas de valores del mundo, con el sistema de martillo: con un grito se anunciaba el precio solicitado y con un martillazo se cerraba la operación, que se apuntaba en un libro, una por una.

Dirán que esto era la prehistoria: pues sí y no, era lo que había. La Ley del Mercado de Valores, con Gustavo Petricioli, fue un parteaguas en la historia, al cambiar de agentes personas físicas a sociedades anónimas. Don Carlos Trouyet fue uno de los amos del piso de remates. A sus 14 años entró a trabajar en la Compañía Bancaria de París y México. En 1928 obtuvo su registro como agente de bolsa y para el 44 era el personaje más celebre del mundo financiero y quien bautizó a los miembros de su profesión como coyotes. De su generación sobresalieron Pablo Scherer, fundador de la joyería La Princesa y padre de Julio Scherer García; Eduardo El Gordo Watson, individuo simpatiquísimo que hacía mancuerna con Javier Pinolillo de la Barra.

En la siguiente generación encontramos a personajes como Héctor Madero (hoy, el agente de bolsa de mayor antigüedad vivo) Carlos Slim, Pepe Madariaga, Roberto Hernández y Alfredo Harp. Hasta antes de 1975, según Fernando Chico Pardo, los agentes de bolsa eran un poco de todo: promotores, secretarios, contadores, operadores, etc.

Slim inició Inbursa, con Onésimo Cepeda, Héctor Lagos y Heriberto Juárez.

Para 1966 se queda solo e invita Harp; cuatro años después se incorporan Roberto Hernández y Roberto Olivieri. Un año más tarde se separan Harp y Hernández, y para 1971 crean Accival.

Pepe Madariaga, creador de Probursa –hoy parte de BBVA Bancomer–, recuerda que hizo su trámite para ser agente al mismo tiempo que Onésimo y que ingresaron a la Bolsa el mismo día. En fin, recordar es volver a vivir y lo pueden hacer gratis visitando el museo y hasta con visitas guiadas todos los días, a las 11 y 1 pm. O comprar el libro de mi autoría Mi palabra es mi compromiso, en la tienda de la BMV.

La inauguración corrió a cargo del secretario Urzúa, quien llegó muy puntual. También estuvieron Oriol Bosch, Jaime Ruiz Sacristán, Fernando Campuzano, Luis Téllez, Manuel Robleda, Paco Gil, Héctor Madero, Jacobo Lifshitz y el presidente de la CNBV, Adalberto Palma (el pleito entre él y Urzúa es real y hasta propició que la comisión no sesionara en tiempo y forma como marca la ley).

La mejor foto del evento, sin duda, la tomó Alfonso González Migoya. Aquí la prueba y, ojo, Urzúa sí sonrió.

Lee la columna completa de Lourdes Mendoza aquí. 

 

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