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Opinión

Los 90 años de la Guelaguetza

Oaxaca es, quizá, la última reserva espiritual de México, su riqueza es inconmensurable, repleta de bellezas, comenta Lourdes Mendoza

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Literal y metafóricamente

Cada que sé que voy rumbo a Oaxaca, me invade una especial felicidad y una alegría inmensa que me hace sonreír. Oaxaca es un estado mágico. Su historia, su arquitectura, su arte, su gastronomía y su maravillosa gente es una experiencia que hay que vivir. El lugar perfecto para lucir hermosos huipiles y caminar orgullosa por sus calles, con la belleza de sus textiles.

El historiador Víctor Raúl Martínez, en su libro Oaxaca: ciudad con historia, explica que:

“La oaxaqueñidad, como fenómeno cultural, no se limita al espacio de la Guelaguetza, tiene raíces populares profundas: la tradición culinaria, la música popular, las artesanías, tan variadas y exquisitas como el mezcal, los rituales mortuorios, las fiestas tradicionales, el paisaje local y otros aspectos que generan arraigo en el oaxaqueño presente y en el ausente, en estos últimos la nostalgia por el terruño, el deseo permanente del retorno…”. ¡Quihúboles, a poco no, con sólo leerlo, se les puso chinita la piel? Ahora los reto a hacerlo en voz alta y verán… ¡cómo estarán haciendo maletas!

Déjenme contarles que aprendí a querer este estado gracias a don Alfredo Harp y a su esposa, la doctora María Isabel Grañén Porrúa, quienes me invitaron hace 11 años a la inauguración del Centro Cultural San Pablo, y compartieron conmigo un recorrido por el Museo Textil. Además de llevarme a comer las delicias oaxaqueñas y hacerme el gran favor de presentarme a quien hoy y, a pesar de la distancia, es una de mis mejores amigas, Clarisa Toledo, y a su hija, quien ya es mi sobrina, Natalia.

De hecho, Clarisa fue quien me enseñó a lucir el huipil y dónde comprarlos. A lo largo de estos años ella y su hija han sido, además de parte de nuestra familia, Dany y mía, las mejores guías del estado. Así como la primera dama, Ivette Murat, de quien aprendí un sinfín de maneras de amar cada región del estado, así como de la indumentaria y su proyecto de Cajonos, una delicia para los amantes de las joyas textiles mexicanas. Ah, y de Gaby García y Julio César Flores.

Este año sus visitantes la reconocieron como la mejor ciudad turística del mundo, un destino gastronómico de ensueño, según la revista Travel+Leisure. El maestro Francisco Toledo construyó, durante tres décadas, una infraestructura cultural que sostiene una de las bellezas de Oaxaca: su vibrante vida cultural. Gracias a su dedicación, trabajo y recursos propios, el artista juchiteco, fallecido en septiembre de 2019, dejó un legado que inspira a seguir construyendo instituciones sólidas como las que fundó.

Oaxaca volvió a estar de fiesta, tras la pandemia, tras dos años de no tenerla, las ocho regiones llevaron su Guelaguetza a la Rotonda de las Azucenas; entre danzas y rituales compartieron la riqueza de cada rincón de este estado.

De lo que vi, el baile que más me gustó, sin duda, fue el del istmo. De hecho, déjenme platicarles que la abundancia del istmo se representa en la belleza de sus cinco grupos étnicos: zapotecas, mixes, zoques, huaves y chontales. Cada uno con su propia riqueza. Y que la indumentaria istmeña es la más reconocida en el mundo. Mujeres abundantemente vestidas de flores y filigrana danzan con la cadencia de sones como la Sandunga y La Llorona.

El llamado”, la imagen oficial de la Guelaguetza, es un Tiliche, personaje emblemático del Carnaval de Putleco.

El Viejo Tiliche es común en la vida de los pueblos ubicados entre la Mixteca y la Costa. Flavio Díaz es el artista oaxaqueño, cuya obra fue la ganadora. Sus harapos son los textiles de todas las regiones de Oaxaca.

Entre los invitados especiales del góber Alejandro Murat y su esposa, novia y amiga, Ivette, pude ver al hotelero Rafa Micha, acompañado de su hija, disfrutando cada segundo llenándose de colores. Así como al general Cienfuegos, quien iba acompañado de su mujer e hijas, y aunque iba en bajo perfil, no dejó de recibir abrazos y cariño de propios y extraños. El que también andaba por ahí muy animado era Eviel Pérez, y no es para menos, pues hace un mes abrió su restaurante, el Asador Bacanora, en el barrio de Jalatlaco, y no es por hacerles agua la boca, pero es el mejor de todo Oaxaca, no sólo por el sazón, desde tostada de callo, pasando por quesadillas de fideo seco hasta cortes de carne, pescados con esquites o con hormigas chicatanas y chapulines; ah, y el mole… para chuparse los dedos… El lugar es precioso, una casona de más de 150 años con una hermosa ceiba que por estos días florece… y porque sus hijos, Toño y Eviel, están trabajando ahí con él. Y por si esto fuera poco, su hija Gaby Pérez, quien es diputada local y presidenta de la Comisión de Género, anda con todo, ¡y tiene con qué, eh!, para ser la siguiente presidenta municipal de Oaxaca. No dejen de seguirla… Ah, y en uno de los salones del restaurante hay una obra de arte de Adán Paredes, uno de lo ceramistas más reconocidos de México.

Cualquier día es bueno para estar uno en Oaxaca, pero este año aún nos falta dar el Grito y pasar el Día de Muertos, que es, sin duda, una de las tradiciones que uno no puede dejar de vivir, al menos en una ocasión, y que a los Murat les sale increíble.
Oaxaca es, quizá, la última reserva espiritual de México, su riqueza es inconmensurable, repleta de bellezas. Ah, y la historia de Juana Cata es digna de conocerse, pues se convirtió en la empresaria textil más importante del itsmo en la época de don Porfirio. Una mujer que retrata la fuerza y visión de la mujer oaxaqueña.

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La columna se publicó originalmente en El Financiero reproducida aquí con permiso de la autora.

Lourdes Mendoza Peñaloza es una periodista mexicana especializada en finanzas, política y sociales, con más de 20 años de experiencia en medios electrónicos, impresos, radio y televisión.

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