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Infante, Lara y Jiménez: los rostros de la música mexicana

Tres grandes leyendas de la música que a su manera han sabido enaltecer el nombre de México

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Hacer una lista de los mejores músicos mexicanos es una tarea imposible. ¿Habiendo tantas luminarias en su historia y con estilos y géneros tan variados que prácticamente podríamos hablar de muchos Méxicos musicales cómo decantarse por un puñado?

Desde Álvaro Carrillo hasta Juan Gabriel, sin dejar de lado estrellas tan reconocidas e importantes como Javier Solis, María Grever, Juan García Esquivel, Consuelo Velázquez, María Amparo Ochoa, Armando Manzanero, Juventino Rosas y cientos y cientos más, ponderar a unos cuantos es incluso pecado.

Sin embargo y por motivo de las fiestas patrias hablaremos un poco de un trío que por sí mismos llevaron hasta lo más alto el nombre de nuestro país.

Pedro Infante: el Ídolo imortal

El equivalente mexicano a Carlos Gardel, Pedro Infante fue, es y será siempre el ídolo de la época del Cine de Oro nacional. Ya sea en abierto duelo con el también legendario Jorge Negrete o entonando la sempiterna “Cien años”, este multifacético (en todos los sentidos de la palabra) actor es la viva imagen de la mexicanidad.

¿Cómo no recordar sus entrañables interpretaciones en películas como Los tres García, Pepe el Toro, El inocente, A.T.M. A toda máquina! y otras tantas decenas? Bueno, pues algo que podría equipararse si no es que hasta superar ese legado es su nutrido cancionero.

Con más de 300 canciones grabadas, el oriundo de Mazatlán volvió suya la memoria sentimental de varias generaciones. Como prueba la ya mencionada “Cien años”, bellísima canción de Rubén Fuentes (el mandamás de nada más y nada menos que del Mariachi Vargas) que no volvió a sonar igual después del arreglo presente en la interpretación de Pedro, pero también están otras joyas como “Piel Canela”, “No volveré”, “Rosalía”, “Amorcito corazón” y no olvidemos que su versión de “Las mañanitas” posiblemente sea la canción más escuchada en México todos los años por razones más que obvias. ¿O a quién no le han festejado su santo con la voz del Inmortal?

El Flaco de Oro

Si de pesos pesados hablamos, Agustín Lara fue probablemente la musicalidad encarnada. Algo más, lo que hacía tan especial al “Flaco de Oro”era su versatilidad, su candoroso y entrañable piano y su instinto plenamente cosmopolita.

Quién si no él podría componer música para distintas ciudades españolas sin siquiera haber estado ahí. Lara entendía esa mezcolanza ya ancestral entre México y la Madre Patria, con todo y que los estilos musicales de aquel país distan ya algo de las expresiones populares más fidedignas de nuestra nación. El ejemplo por antonomasia de ello es “Granada”, interpretada por gente de la talla de Plácido Domingo o Luciano Pavarotti.

Bueno, pues Agustín podía darse el lujo de hacer eso y más, tal como también lo demuestra en “Arráncame la vida”, canción suerte de milonga y tango pero tocada por las musas trashumantes del México de los años 30. La esencia de esta canción se aleja sustancialmente de lo porteño y se ancla al espíritu nacional de tal manera que tan sólo por el título vale la pena. Si no pregúntenle a la exitosa escritora Ángeles Mastretta, cuya obra prima tomó prestado el nombre de esta melodía.

El espíritu internacional de Agustín Lara sólo puede deberse a la mezcla de factores inusuales y variopintos como su origen jarocho, su infancia citadina rica en vivencias y siempre en contacto con otras almas viajeras, pero también a su educación musical y a su técnica compositiva la cual pulió desde su infancia hasta convertirse en el gran maestro que terminó siendo.

La paradoja del loco

Agustín Lara representa a México en lo estricta y puramente musical; Pedro Infante, como figura de vanguardia en lo que a fama y popularidad, no tiene par; pero en José Alfredo Jiménez subyace el sentimiento mexicano más íntimo, aquel que por pena o machismo o falta de lucidez es difícil de reconocer: la locura intrínseca del que no tiene nada y vive con ello.

¿Qué se puede decir que no se haya mencionado de la música de José Alfredo? A su manera este hombre es todo un tótem para cualquier intérprete de la música ranchera. La vara dejada por el raya en lo cuasisagrado. Amén de su carácter bohemio, atado indiscutiblemente al gusto por las mujeres y el alcohol. Canciones como “En el último trago”, “La mano de Dios”, “Te solté la rienda”, “Ella” no dejan duda del talento del magnífico y autodidacta guanajuetense.

Sin embargo, la clave es “El rey”, composición archirreconocida y entonada casi siempre de manera festiva. ¿Es entonces una celebración o un reclamo genuino a la incongruencia de la vida y al devenir?

Ese sentimiento mexicano que nos embarga de predestinación, de dejarle al azar o a Dios o a lo incomprensible nuestra suerte y seguir adelante, porque en el fondo sabemos y entendemos que poco o nada podemos hacer frente a la fatalidad. “No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”, dice José Alfredo, pero también todo aquel que le haga coro, que le enaltezca y ennoblezca el esfuerzo fallido y el descalabro: “Una piedra del camino me enseñó que mi destino era rodar y rodar”.

Muy probablemente en otros países les sea difícil entender esta filosofía de vida que hace esquina con la locura, pero se tiene que ser de México, vivir y padecer su magia para entender la gracia de la tragedia a través del falso festejo.

También hay en “El Rey” esa necesidad antropológica por la transgresión, del agravio a lo establecido y de la posible frustración por la posterior imposibilidad: “Con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”.

A José Alfredo Jiménez lo hace especial su música, pero fuera de los planos estrictos o subjetivos que queramos ver en ella, es su espiritualidad y su naturaleza la que ponderan los colores patrios, pues más allá de qué tanto entendía a su tiempo o a sus espacios, lo que mejor intuía era el sentir de su gente.

FC

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